Historias de H – Recuerdos y mitos

H recordaba sus años mozos. Era joven, adolescente, y empezaba su vida de adulto prematuramente. En su tiempo libre había conseguido su primer trabajo. Pero no apenas el hecho de trabajar lo catapultaría a la adultez. Más bien las compañías.
Se relacionaría con Carlos y Carlitos.
Del primero aprendería su conocimiento del universo femenino, del segundo a apreciar la música desde un prisma diferente.
Con Carlos las charlas eran como la que uno podría tener con un hermano mayor, durante las tareas, después del almuerzo.
Carlitos era más explosivo y más joven. Era el amigo mayor que quería introducirlo a un mundo mágico al que el jovencito H no tenía acceso, tanto por desconocimiento como por inexperiencia.
Lo que le sobró a H de todo eso, fue el encanto de escuchar historias. Y quizás por eso, en su adultez absoluta, haya escogido la psicología –el arte de escuchar- en vez de la de narrar.
Desde ese entonces, siempre se emocionaba con las narraciones de otros. Le cautivaban los relatos de viajes, las emociones transformadas en párrafos, los sentimientos enaltecidos en palabras y verse representado por esos relatos.
Pero no se resignaba apenas a escuchar. Tenía momentos en los que precisaba él mismo hacer fluir su verborragia. Y lo hacía en total intimidad, en complicidad consigo mismo.
Lo hacía siguiendo un viejo precepto de su ícono intelectual. Freud.
Lavaba su alma autoanalizándose. O por lo menos, fingiendo que lo hacía, grabándose mientras hablaba.
Fue en uno de esos momentos, que H se sentó en su escritorio con un vaso de whisky y dos cubos de hielo. El grabador ya estaba encendido. Una luz tenue le iluminaba parte del rostro y parte de ese viejo mueble de madera.
Nunca era fácil empezar. Pero ese día se sentía especialmente inspirado. O mejor dicho, sentía la necesidad de sacarse de encima una sensación que le incomodaba. Y que lo perseguía desde hacía mucho tiempo. Curiosamente desde otro trago, amargo, cuyo sabor estaba presente en su memoria.
H suspiró profundamente y largó el aire pausadamente, para intentar relajarse.
- Lo supe la primera vez que te acostaste conmigo. Me llamó la atención esa manera tuya de expresar, de exhibir y de mostrar que tenías un orgasmo. Te juro que no hubiera parecido tan curioso si mi memoria me no me hubiera dicho: “¿de dónde es eso?, esto ya lo vi…”.
Agarró la bebida y le dio un trago, largo. Y continuó:
- En algún lugar lo había visto. Y así me pasé días y días intentando acordarme de dónde surgía esa imagen familiar, conocida. Y tardé un tiempo hasta darme cuenta. Pero soy un obsesivo compulsivo. Neurótico. Sabía que era una imagen mental. Pero sobre todo, imagen. Imagen y sonido. Y claro, iba a tener que acordarme. Y me acordé.
H paró la grabación. Sabía que lo que venía le dolía. Siempre le dolía recordar sus historias. Sus emociones.
No se consideraba un narrador talentoso, pero no hace falta talento, ni siquiera ser narrador, para sentirse vulnerado por las emociones producidas por los propios recuerdos. Decidió que necesitaba dar otro trago antes de continuar, y tantas veces como fuera necesario, para que su voz no se quebrara.
- Te confieso que al descubrirlo me dio escalofríos. ¿Cómo puede ser que alguien copie hasta los gestos más íntimos y los haga suyos, se los apropie?
La indignación antes que la tristeza. El desprecio antes que la pena. Una gigantesca catarata de sentimientos lo atravesaba y no podía detenerla, le invadía el alma.
- Me sentí brutalmente engañado, yo, que buscaba en cada mujer la minúscula, la microscópica particularidad que la hace diferente de las otras a la hora del amor. O de tener sexo. Porque con la mayoría fue eso. Digamos así, un trabajo de campo. Descubrir esa peculiaridad, si la había. Y ahí te cruzaste en mi camino. Y me pasó eso. Si no me hubiera dejado esta sensación tan… ¿Y por qué? ¿Por qué me sentí así?
H lo sabía bien. Intentaba mirar hacia otro lado. Negarlo. No quiso asumirlo.
- Cuando te vi, al hacerlo por primera vez, me pareció extraño. Pero al repetirlo otras veces no pude evitar darme cuenta que lo había visto en una película o algo así. Y realmente, con el correr de los días lo descubrí. Efectivamente lo había visto en el cine.
Lo que me asustó fue que yo no era más dueño de mí mismo. Había pasado el tiempo, no mucho, claro. Porque las emociones no conocen los tiempos. Por lo menos no los convencionales. Yo demoré. Tardé demasiado y me perdí.
H tuvo que parar la grabación. La voz se le quebró definitivamente. No había más nada para decir. O sí.
Se acordó de Carlos y Carlitos de nuevo. Se acordó de la primera canción que Carlitos le hizo escuchar el día que inició sus servicios. Era “El vuelo de Ícaro”. Y Carlos le contó la historia del hijo de Dédalo.
Ícaro, encantado con la posibilidad de volar, subió, subió tanto hasta estar demasiado cerca del Sol. Sus alas, construidas por su padre artesano, eran de plumas unidas por cera. Y al volar demasiado alto, al intentar escapar de la isla de Creta, el calor derritió sus alas y cayó. Cayó al mar y se ahogó.
Ese mito, esa historia, nunca se le había borrado de la cabeza. Y, de cierta forma, era un recuerdo repetido. Repetido por su memoria. Repetido por sus eventuales presentes.
H siempre supo que la tranquilidad la ofrecía el laberinto que Dédalo había hecho para encerrar a Minotauro. Y no la libertad que le prometían las alas que el mismo Dédalo había creado y con las cuales se podría volar.
La racionalidad era tener los pies sobre la tierra. El dulce encanto de sentirse en el aire, volando, contrariaba la ley de gravedad que solamente fue descubierta casi dos mil quinientos años después; y que le generaba estos estados caóticos en el alma.
Al fin y al cabo H se consolaba solo pensando que, si para que la raza humana se diera cuenta cómo realmente funcionaban las cosas fue preciso tanto tiempo, qué le quedaba a él. Un hombre cuyo período vital era infinitamente inferior.
Era una opción personal, no totalmente consciente – y eso H lo sabía mejor que nadie-, entre la tranquilidad de sus espacios conocidos y la fragilidad de las alas que le crecían cada vez que se encontraba con Leda.

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