Historias de H – Invertida

Cuando se levantó de la cama y fue rumbo al baño, ella decidió que sería la última vez. Se quedó tendida en la cama y dio miles de vueltas a esa idea que ya estaba en su cabeza desde hacía algún tiempo.
Escuchaba el barullo del lavabo y más repugnancia le causaba aquel hombre que cinco minutos antes le había generado placer.
Ya había pasado de los treinta. Y cada tanto se planteaba el porqué seguir interpretando el papel de presa, de ser conquistada, cazada, seducida. Al final de cuentas, los amagos nunca llegaban a nada. Ensayos y errores. Siempre había fallas, imperfecciones y compañeros criticables que terminaban con cualquier sueño de concreción.
- Hoy es la última vez que me comporto así – se juró. Se envolvió en la sábana y cuando él regresaba del baño, al cruzarse, se deshizo de ella dejándola en el piso y entrando a ducharse, desnuda, erguida y arrogante frente a la mirada curiosa y risueña del tipo que se preparaba para seguir.

Fue el momento que más recuerda. Y el que le marcó el nuevo camino. Esa situación que ahora le causa gracia y orgullo.
- Seguro que el estúpido pensó que era otro fetiche. Otro juego. ¡Pobrecito! Fue el baño más delicioso que tomé, imaginándomelo, esperando a que regresara a la cama…
Y terminó de ducharse, agarró la ropa y salió por la puerta como si hubiera atravesado la puerta corrediza de un banco, sin prisa, pero con enorme decisión y sin mirar atrás. Un hito en su vida.
De allí en adelante, ella se dedicó a incursiones furtivas, encuentros ocasionales o, incluso, a relaciones duraderas. Pero en esas relaciones más estables, le gustaba controlar el juego. Imponer sus reglas.
Pero no resultaba sencillo. Con los hombres, porque no sabían cómo convivir con una mujer con una actitud tan decidida, tan frontal. Con las mujeres, la festejaban y la apoyaban, siempre y cuando no constituyera una amenaza directa.
Entonces, pocas amigas fieles y pocos hombres dispuestos. ¿Pronóstico a futuro? Seguramente la sensación más agobiante. Soledad.

Con esos pensamientos y un sabor amargo en la boca llegó a esa whiskería. Habían pasado ya varios años.
Sonaba de fondo algún tango de Piazzolla que no conseguía distinguir. Había acumulado experiencias, se había endurecido y la vida así era más práctica. Dominaba tan bien sus sentimientos como a sus amantes. Las angustias estaban encerradas dentro del cajón imaginario llamado “nostalgias”. Y la vida, de esta forma, se llevaba mejor.
Una barra larga y confortable se le ofrecía delante. Algunas mesas que estaban desocupadas le parecieron una opción aún peor para descansar sus huesos y calmar sus inquietos pensamientos. ¿Cómo había ido a parar a ese lugar? ¿Cómo podía recuperar aquella buena y vieja candidez que se había erosionado? Sin notarlo, se le perdió la posibilidad de emocionarse, de soñarse distinta y dejarse volar arrastrada y a la deriva.
No había más cosquillas ni compulsión al chocolate. Había perdido peso y se sabía más adusta. Pero, al mismo tiempo, no requería esfuerzos ni culpas para conseguir lo que quería.
Así estaban las cosas. Y en medio a tantas reflexiones, se dio cuenta que estaba parada en el centro del salón, obstruyendo el camino de los mozos que servían a los clientes de las mesas.
Por eso, casi por inercia, se sentó en un banco de la barra y pidió su trago predilecto, “tequila sunrise”.
A su derecha había un tipo maduro, algo jovial o irreverente – no podía definirlo con precisión – en buena forma y que estaba leyendo un libro. Ella lo observó con curiosidad.
Cuando le sirvieron el trago escuchó con sorpresa: – lo hacen con granadina y naranja, no está mal… Pero el original… ¡ése es bueno de verdad!
Ella giró y vio que el hombre sostenía el libro entreabierto con su mano derecha, la izquierda apoyada en la barra y la estaba mirando casi de frente con una sonrisa gentil y algo maliciosa.
Ella supo que, sin proponérselo, se le había presentado una nueva aventura. La idea no le disgustó y le respondió seca y rápido para mantener el dominio de la situación: – ¿sí? A mí me gusta así también…
El tipo le mantuvo la sonrisa unos segundos más y volvió a poner su atención en el libro.
Ella estaba decidida a ir hasta el final. Le parecía diferente. Incluso, llegó a imaginarse que sería alguien con el que pudiera hablar. Tener algo más que el ocasional encuentro de dos cuerpos. Y decidió tomar la iniciativa.
- Parece que entiende de bebidas, ¿qué es lo que está tomando?
Él levantó la vista del libro, con la misma sonrisa de antes. La miró, y con voz suave y decir pausado le respondió: – lo mío es ron cola, o cuba libre, como más le guste. Acérquese, me parece más interesante entablar una conversación a menos de tres metros de distancia, diferente de como estamos ahora. ¿No está de acuerdo?
Ella entendió que le correspondía moverse. Él ya estaba cuando llegó, interrumpiera su lectura dos veces y, encima de eso, había recibido, si no una invitación, una sugerencia.
Se levantó del banco, buscó su bebida y se acercó en su vestido de tarde, suelto, informal con unos zapatos elegantes, cómodos y sencillos a la vez con tacones que la hacían un poco más alta, pero que, aún más importante, elevaban ciertos atributos que sabía, eran sus puntos fuertes. Él la observaba acercarse con atención y ese rictus entre amable y perverso. Como un encantador de serpientes. Y ésa, estaba haciéndole caso.
- Muy bien, acá estamos- dijo ella al llegar.
- Bienvenida, sin duda su trago con casis y jugo de lima es mucho mejor- le respondió él cerrando definitivamente su libro, al que colocó en su bolso.
- Lo interesante de la vida, es que es así. Cambiante, sorprendente para quien deja sorprenderse. Si había algo que ya había descartado, por hoy, era conversar – confesó él.
- Pero fue usted el que me hizo el comentario sobre mi tequila… – apuntó con precisión y, sin darle tiempo a que interpretase su frase lanzó otra en sentido totalmente contrario. Corta, precisa como un dardo. – Soy Leda- y le extendió su mano.
Él la miró a los ojos. Y fue lentamente bajando hacia la mano extendida. Tal vez haya sido apenas un segundo, pero a ambos le pareció mucho más que eso. Él le tomó la mano con suavidad, pero firme, la observó rápidamente, blanca, tersa, fina. Y volvió a levantar la mirada, al mismo tiempo que le soltaba la mano.
Hizo un casi imperceptible gesto afirmativo con la cabeza, la sonrisa dibujada, y disparó: – Lindas manos, encantado.
Eligió ese silencio que tanto le gustaba, breve pero expresivo, sin quitarle los ojos de encima y se presentó: – Me llamo, o mejor, me llaman H.

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