Mira en el amplio salón. Sus dos orgullos están ahí conjugándose perfectamente. La cúspide desde la cual observa todo, desde donde se protege de las cosas que le ocurren al resto de los mortales y que no lo alcanzan.
Clausurado en un ambiente de madera H disfruta de su limbo. Madera en el piso, madera en los zócalos, más todavía en los muebles. Siempre se imaginó así. El placer…
- ¿A dónde mierda se fue el placer? – se pregunta H.
Decía, cuando todavía era estudiante: -la madera es un material noble, natural… por ejemplo, absorbe impactos, ruidos, tiene textura, la aprietas y parece que cede… casi carne.
Claro que no era una invención suya. Bueno, tal vez, en parte sí. Pero en algún lugar lo había leído.
Entonces, H recitó en la tranquilidad de la habitación: – Placer: del latín placēre, goce, disfrute espiritual. Satisfacción, sensación agradable producida por la realización o suscepción de algo que gusta o complace.
- La definición la tengo clara… se me perdió el camino por dónde llegar a él- se dijo a sí mismo – pero no está tan mal al final… todo esto no es poca cosa… mi profesión, mis pacientes… ¡la puta madre! – se exacerbó – ¿no me doy cuenta que me regocijo conmigo mismo?
Y fue así, que edificó su cadalso. Mucho antes de sucumbir a una pasión y abdicar a alguna que otra convicción por amor, tenía claro que ése seria siempre su espacio.
Después las cosas se fueron sucediendo. Pero inclusive en los mejores momentos, sentía una necesidad de regresar a ese salón… de esconderse aunque más no sea por un momento, de respirar ese olor… de escuchar ese silencio sacrosanto.
H contemplaba su salón. Su gigantesca biblioteca desde donde construyó su sabiduría, su conocimiento y en donde, también, con todo eso, se nutrió de su acidez, ironía, sarcasmo, nihilismo.
Y dividiendo el espacio con los libros, el generoso bar, con bebidas de todos los colores y sabores. Porque el alcohol, a veces, libera lo que tanto se esfuerza por mantenerse prisionero. Y desata los nudos del alma, llama al desahogo tan bien como al desenfreno.
Decidió encender el equipo de sonido y escuchar poesía. Una de sus actividades más inspiradoras. No sin antes mostrar su malestar por ese momento personal. Y puso en el estéreo “Lluvia”, un poema de Juan Gelman, leído y recitado por el propio poeta uruguayo. Siempre que se sentía así, solo, convulsionado, lo escuchaba.
“…mi vecino nunca le dice palabras de amor a la
mujer/
entra a la casa por la ventana y no por la puerta/
por una puerta se entra a muchos sitios/
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo/ pero no al mundo/
ni a una mujer/ni al alma…”
H sigue observando su templo. Entrecierra los ojos, miles de recuerdos se le vienen en catarata. No le interesan. Abre los ojos. Así está mejor. Y se dirige al diván que hay entre las dos “bóvedas”. Entre el panteón de la sabiduría y el bacanal.
Sentía el deseo desenfrenado de analizarse. Estaba entre las bebidas y el diván.
-¡Ay! ¡Qué sensación de mierda! – dijo
“… como hoy/que llueve mucho/
y me cuesta escribir la palabra amor/
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa/
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran/
y cuándo/y cómo/
pero el alma qué puede explicar…”
- El amor – dijo H- ¿Qué es el amor sino un intento en vano de regresar? Sí. Es eso – se convencía. Y continuó en sus devaneos: – es el intento de volver a lo que ya no es posible recuperar.
Encendió un cigarrillo y se sirvió un whisky. Se derrumbó en el sillón, mirando hacia la ventana, como intentando que la luz le clarifique los pensamientos turbados por la sensación de tristeza, vacío, nostalgia y, por qué no, soledad.
De repente se sintió embargado de recuerdos. De las calles en las que jugaba cuando era chico, de las salidas al cine los fines de semana, de las visitas a la casa de sus abuelos… todo eso no se podía recuperar más, tan sólo cristalizarlo en la memoria.
“…por eso mi vecino tiene tormentas en la boca/
palabras que naufragan/
palabras que no saben que hay sol porque nacen y
mueren la misma noche en que amó/..”
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca
escribirá/…”
Y entre un trago y otro se acuerda, medio en trance, medio adormecido. Las imágenes mentales se le suceden.
De niño, cuando jugaba a la pelota y volvía a casa con las rodillas y las manos sucias, mugrientas, y veía alucinado el agua turbia que dejaba cuando se limpiaba en el lavabo, mientras le duraban la adrenalina y la excitación de sentirse parte de un grupo de amigos de barrio.
También en esa época empezó a darse cuenta que las compañeritas de escuela le interesaban más de la cuenta. Y que la belleza del rostro era la puerta de un abismo insondable que solamente conocería con el pasar de los años.
Pero ya se sentía intimidado. Por ellas y por sus amigos, en esas circunstancias contendientes que lo paralizaban y así, él mismo optaba por una reclusión al interior de sí mismo.
Se sorprendió con esos recuerdos y se encontró suspirando, murmurando:
- Alejandra Cabrera… Cecilia Colasenza… ¡Qué loco!- y despejó las brumas que se empezaban a formar a su alrededor.
¡Qué estúpido era! Pero, al mismo tiempo sintió que décadas después se le aceleraba el corazón y una que otra lágrima peleaba por saltar al vacío desde sus globos oculares. Tensó el maxilar, apretó la garganta y se contuvo.
- Entonces – reflexionó H – amar es el regreso. Es volver. Volver a empezar, todo de nuevo. Volver una y otra vez.
Decidió que ya era suficiente. Había que seguir, reponerse. Había cosas que hacer…
- Después de todo lo que pasó… de todo este tiempo, ¿por qué? ¿Para qué enfrentar de nuevo los miedos, las ansiedades y todo eso? Nadie mejor que yo sabe cuánto fue doloroso – decidió H, mientras se erguía y colocaba el vaso de whisky casi vacío en la mesa del bar, restableciéndose del breve colapso.
Al final, H sabía que esa era su mejor decisión. Así lo conocían, así lo estimaban y fue así que adquirió su reducido prestigio. Y se sintió tranquilo. Con eso, y con el castillo que había construido a sus espaldas, ése que le daba refugio a la hora que necesitara.
- Tengo hambre, me voy a pedir una pizza. No hay casi nada mejor que una de napolitana. Y no cuesta tanto.
Tomó el teléfono y fue a la búsqueda de su sublimación.
