La revelación del espejo

Noche cerrada. Empieza a llover y las gotas golpean la ventana por donde él mira, perdido. Comenzará el ritual. Estar frente a la computadora. J sabe que ése es el mejor horario.
Relajado, consigue mantener la conversación con suma facilidad. Mientras tanto, se va sirviendo un trago para acompañarlo.
— Un vino está bien— piensa — al final es una bebida espirituosa y no es de balde que se la conozca como la bebida de los dioses.
Por eso, se sirve una generosa copa, se saca la camisa y se sienta, listo para otra noche.
Él sabe que va a cazar. Sabe que la charla es esencial. Es solamente a través de ella que se consigue el objetivo. Y también sabe que en eso, él es bueno. Bueno en conversar. Siempre se lo habían dicho. De tanto oírlo, J terminó creyéndolo. Y decidió aplicar ese don a una causa noble. O por lo menos que le trajera algún beneficio.
R llega con prisa a su casa. Vive solo y, últimamente, se volvió adicto. Lo sabe. No ve la hora de llegar y verificar los correos electrónicos que le mandaron después de una noche entera dedicado a los chats. Esa vida está acabándolo. Duerme dos, tres horas como máximo. Y mal dormidas. Se despierta. Vuelve a dormir. No consigue controlar la ansiedad, la impaciencia. — Es increíble que, siendo una invención que permite una comunicación rápida, instantánea, todavía haya que esperar por respuestas. ¿Como es posible que haya personas que no estén al día con esta revolución? – piensa.
Sube el ascensor con rapidez. Incluso, se nota el sudor en su frente. Es demasiada ansiedad. Así como la adrenalina de la búsqueda, del inicio de cada conversación. Del descubrimiento de la persona que está del otro lado. El corazón casi que se le escapa del pecho en el momento del intercambio de fotos.
J es un tipo metódico. Sabe lo que busca, como todo buen cazador. Y dónde. No pierde tiempo. Ya tiene el perfil de la presa. Y la adrenalina está, justamente, en hacer que alguna víctima caiga en la trampa. Para eso, es necesario saber cómo jugar con ella. Y está el arte en cada una de las conversaciones. Hay dedicación, un trabajo paciente, que se va perfeccionando cada vez más. Hace tiempo que se dedica a eso. Y se da cuenta cuánto fue mejorando. Y no solamente cuando está conversando. Tiene una libreta con anotaciones, detalles, las personas con las cuales ya tuvo contacto. Eso es fundamental para él. ¡Fundamental!
— ¡Por fin en casa! — es la primera caso que R. dice, mientras entra al apartamento, va dejando todo por el camino, en el piso. Cuando llega delante de la computadora y la enciende, deja atrás la carpeta, el archivo, la corbata, los zapatos y las medias. Ya frente a la pantalla, cambia el pantalón por la bermuda. Agarra una fruta al mismo tiempo que empieza a leer los mails que llegaron, y va comiéndola rápidamente.

Después de leerlos todos, va a la cinta, que está en la habitación contigua y empieza a correr. Necesita, además de estar en forma, expulsar del cuerpo las calorías, el estrés, las tensiones y la ansiedad diaria. Limpiar el organismo de las toxinas y la cabeza de los problemas. Necesita estar “Zen” antes de continuar.
Entonces, vamos. Que sea una noche provechosa. Vamos a ver lo que se consigue — se dice a sí mismo J. Y, así, abrió el programa de Chat y empezó a conversar con algunas personas de su lista. Especialmente con una de ellas. Y escribió:
-Yo no dije nada… y terminamos hablando de todo… y fue bueno, es bueno. Y te agradezco.
- Sí, yo pensé en todo eso- le respondieron. Y él siguió:
- Entonces, yo no tengo ningún derecho a exigirte, o a enojarme por nada. Porque todo esto fue sorpresivo. Una grata sorpresa. Que fue buena y sigue siéndolo. Pero a mí me gustaría ir hasta el final. Fue en ese momento que lanzó el anzuelo, con humildad escribió:
- Entonces, elegí. Yo sabré respetarte. No me voy a enojar, no te voy a protestar. Yo sé que la decisión, la que tomes, será la opción correcta.
Y así la charla continuó. En perfecta armonía. Se trataba de una rubia, exuberante, linda, que, a pesar de tener algunos años, prometía. Inteligente, exitosa y con plata. Lo que era muy importante para J. Él sabía que podía buscar amor en cualquier parte. Amor que significaba sexo. Pero más allá del sexo, resultaba importante el resto. Saber que podía sentirse agradado, recibir buenos tratos, cariños, comodidades. Eso hacía que cualquier encuentro mejorase su espíritu, lo hiciese sentirse más poderoso, más confiado y también, por qué no decirlo, más excitado. Eso era fundamental. El olor a sexo debía estar condimentado con un buen perfume francés, un Merlot o un Malbec, aceites corporales y claro, el aire dulce y suave de una casa de fin de semana arreglada y lista para recibir a los amigos.
Se acordaba de cuántas veces ya había arreglado salidas así. Muy buenas. Y ahora esa rubia. Linda. Cuerpo trabajado, arregladita, sofisticada, con lengua mordaz. Pero sutil, delicada, una señora de buenos modales y necesitada. Lo que era muy importante. Las señoras se sienten solas. Él lo sabía. E intentaba sacar provecho de eso. Siendo un tipo interesante, listo, con buen humor y soltero, tenía buenas condiciones para conseguirse algunas citas por mes. También sabía que, entre las mujeres, preponderaban los “jueguitos” en la red. El anonimato, el conocimiento fugaz, les daba una audacia que no mostraban en la vida real. Y era bueno.
— ¡Claro que es bueno! — se dijo — Ellas se abren, a todo. A todo lo que les pida. Por cierto, no tienen idea cuánto y cómo se abren. Se creen que soy un intruso que les quiere robar el corazón… pobrecitas. Soy así, claro. Pero, soy más que eso, mucho más que eso. Y les gusta someterse a ese vértigo desquiciado. Sólo que… pobres… – decía J, mientras se escribía con varias de ellas al mismo tiempo. Pero claro, dándole especial atención a la rubia, bonita, madura, cariñosa, casi una madre sustituta. Porque ya conseguía verla así.
— ¡Listo, fantástico! — saltó de la silla. Y empezó a despedirse pero, antes, era preciso arreglar los detalles de la cita. Y así lo hizo. Iba a encontrarla en una ciudad balnearia del litoral paulista. Casa linda, mujer atractiva… lo bueno y lo mejor. Y la cuenta. Ella no sabía que iba a pagar mi pasaje, mis gastos, mi estadía.
-Va a pagar, va a pagar porque es rubia, ¡ja, ja, ja! – se reía J. Y continuó: – Va a pagar porque es buena, porque me necesita… ¡qué linda! – y se reía como en trance.
- Por Dios, ¡qué bueno! Ahora necesito preparar todo. Ya está arreglado, voy a encontrarla. Ella me dijo que llegaba al amanecer, porque se toma el ómnibus y viaja toda la noche. Yo voy a esperarla frente a la terminal. Así la veo de lejos y me acerco bien despacito. Para observarla bien, para desearla más.
Y de esa forma, R. estaba totalmente inquieto de la alegría y la ansiedad. Ya se había asegurado la visita, que le había costado horas de sueño, charlas que llegaron hasta límites de ansiedad y nerviosismo jamás alcanzados, confesiones increíbles de ambas partes, e incluso, descubrir que había varias cosas en común a pesar de que vivieran tan lejos uno del otro. Comidas, salidas, colores, incluso el banco en el que eran clientes era el mismo. Hasta el banco. Increíble.
De esa forma fueron pasando los días, conversando y descubriéndose. De complicidades se erigen las buenas relaciones, hora tras hora, día tras día. Pero…
Siempre hay un “pero” en las historias. Siempre.
R. no había sido totalmente sincero. Porque se le presentó como mujer. Y así J. lo había llamado para conversar. Y siguió, después, sin aclararle que ella era, en realidad, él. Que era un hombre.
Cuando R. decidió colocarse un sobrenombre femenino, había sido para hacer una broma. Pero después, consiguió darse cuenta que los resultados y las conversaciones que él tenía eran mejores así. Entonces, lo mantuvo y continuó, un poco por pereza y otro por miedo a cómo reaccionarían sus amigos cuando supieran la novedad.
Percibió, después de un tiempo, que conversar con esa identidad le permitía disfrutar más. Las conversaciones eran más interesantes, el ángulo, la sensibilidad, la forma de aproximarse a y de él. Con las mujeres, se pasaba por amiga, y después… Con los hombres, aprendía tácticas, modos de actuar y estilos diferentes de ataques y seducción.
Fue en una playa paulista. Dos hombres habían ido a encontrarse. Identidades diferentes, objetivos diferentes. Mundos distintos. Sueños y deseos que llevan a las personas a encuentros a ciegas. ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Importa? Siempre el inicio es lo más importante. El que marca más. Y también el desarrollo.
¿El final? ¿No se imagina lo que pasó? ¿Qué haría usted se fuera robado? ¿Qué haría usted si fuera seducido?
Está leyendo esto ahora, ¿no es cierto? ¡Cuidado! Vaya a su cuenta y verifíquela. Mire bien a su lista de amigos virtuales. Y amigas también. Tal vez, todo eso… el tiempo que perdió acá conmigo, no sea otra cosa que intentar conseguir su atención para… así, mientras tanto…

Deixe um comentário

Arquivado em Español

Deixe uma resposta

Preencha os seus dados abaixo ou clique em um ícone para log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Sair / Alterar )

Imagem do Twitter

You are commenting using your Twitter account. Sair / Alterar )

Foto do Facebook

You are commenting using your Facebook account. Sair / Alterar )

Connecting to %s