Acá entre nosotros, no voy a hablar de que manejo un camión, o que soy chofer de taxi. Son cosas tan trilladas. Ustedes ya oyeron historias de esas a montones. O las leyeron. Pero la cuestión acá es que tengo un hábito, una manía, un disfrute. Es escuchar la radio, a la noche, mientras manejo el coche por la ciudad desierta. Bien de madrugada.
Y es eso lo que hage mi día de trabajo. Pero además de subirme al coche, necesito también oír la radio. Especialmente el show de Marinho, un tipo que, además de pasar la mejor música, es realmente un show en persona, muy inteligente, genial. Pretendo no perderme ni un programa. Porque hay cosas interesantes. Porque las personas, los oyentes, lo llaman. Pero no solamente los fanáticos. Persoas que lo escuchan, indicadas por otras, y a medida que el asunto se va desarrollando quieren participar. Así voy pasando mis noches.
Tal vez ustedes nunca hayan reparado cuánto es linda la ciudad donde viven durante la noche. Cuando la locura, la vorágine abre paso a la calma, el silencio. Apenas las luces encendidas de las avenidas, algun perro suelto lamiéndose después de meter la cabeza en la basura. El cielo que no vemos diariamente más que corroborar si va a llover o no, se ilumina y adquiere una belleza conmovedora. La ciudad solitaria, amiga, es por la noche. Para sufrir de soledad, para disfrutarla también. Para aprovechar una buena compañía, o apenas para pensar, oír, e intentar mantener o aumentar nuestra sensibilidad. La noche es amiga del pensamiento, aliada de los sueños y cómplice de las mayores locuras.
Y hoy no va a ser distinto. Voy por más. Quiero respirar el aire fresco, libre de la noche. Andando en coche, con la ventanilla abierta, mi brazo relajado, apoyado y manejando tranquilo, sin rumbo. De ojos bien abiertos para verlo todo. Para oxigenar un alma contaminada por lo cotidiano.
— Hola!!! Buenas noches, gente linda, gente fea, gente de bien, marginales de la ley. Este es nuestro show de cada noche. El show que hacemos juntos. Participen. Sepan que es eso el fundamento de todo esto. Quiero oírlos, cambio historias verdaderas o imaginarias por canciones. Y así nos haremos compañía esta noche, como cada noche. Como todas las otras – dijo el locutor, con voz ronca y amena- hoy vamos a escuchar a aquellos que quieran contar alguna cosa. El teléfono ya está habilitado. Pero antes de empezar… vamos a romper el hielo. Val, ponete ya, ya la canción para abrir nuestra noche.
- Escuchen – susurra el locutor ahora. – Y empiecen a entrar en clima. Vamos! Música en el aire.
Voy a decirles que manejar así, con música y sin nadie por las calles es maravilloso. Te da una fuerza… una sensación de ser el dueño del mundo. Por lo menos por algunos momentos. Acabo olvidándome de las miserias cotidianas. No me preocupo con el precio del combustible. Pueden creerme?
Cuántas veces cada uno de ustedes volvió manejando, o en colectivo, a las dos de la madrugada de un día de semana en una noche estrellada? Sin volver borrachos o con unas ganas insoportables de llegar a casa y acostarse. Con ganas de bajar y gritar a los cuatro vientos el nombre de la persona que les gusta, o dar un grito de rabia contenida, o quedarse sentado mirando la nada y escuchando el silencio.
— Son las dos y cuarenta y tres minutos. Linda hora para escuchar a nuestro próximo oyente. Despues de esta canción inspiradora… nada mejor. Hola? Quién está del otro lado, por favor?
— Armando.
— Hola Armando. Cómo estás? Qué te hizo llamar hoy acá? — preguntó el locutor.
— La verdad, quería preguntar: por qué la sinceridad se paga?- Y se hizo un breve pero expresivo silencio. Es que últimamente estoy conversando mucho con una compañera del trabajo, nos entendemos bien… la encuentro muy interesante, me deslumbra su inteligencia…
— Sí, te entiendo, Armando… sé a lo que te referís — interrumpió el locutor con un tono amigo y compinche.
— Pero no… no… no… no es lo que estás pensando. No. Es que necesitaba contarle a mi mujer. Nunca hubo secretos entre nosotros. Y como no quiero, no hice nada… me pareció bien contarle. Apenas para abrirme y pasarle confianza. Que confíe en mí.
— Aha… buena actitud, Armando. Muy buena… entonces?-
— A ella no le gustó , no le gustó nada. – respondió Armando. Y siguió: – aunque me llamó hoy para disculparse.
— Caramba, compañero! Qué pretendías, eh? — pensaba yo, mientras manejaba por una de las avenidas desiertas y escuchaba la charla que se sucitaba en el programa. – La mujer necesita rigor. Si mostrás debilidad, sinceridad en dosis extremas, la cagaste mi viejo.
Y seguía manejando aproximándome del lago.
El conductor de radio entonces dijo: — Bueno, creo que es normal que actúe de esa forma. El problema no está en ella… o vos creés Armando, que si ella te dice alguna cosa así, vos te quedarías tranquilo. Creo que tenés que ser sincero con vos mismo. Sos feliz con tu mujer? Armando respondió: — Sí. Ahora no es como al principio, claro. La rutina ganó espacio. Pero me gusta mucho, la amo.
— Armando!!! — interrumpió de nuevo el locutor — si no sos feliz, debés pensar primero en lo que te haría feliz, y a continuación, decírselo a ella…si creés que es ella la que te debe acompañar en tu camino. Mirá… siempre, siempre, siempre pensá con el corazón. Es el dueño de la noche. Fue el único espacio del día que le restó. – le explicaba el conductor del programa. Y así lo despidió: – Buenas noches Armando. Lo mejor para vos y gracias por tu compañía. E concluyó: — Y ahora, para Armando y para todas las personas con el corazón inquieto, va esta canción. Escúchenla!
La oí acostado en el capó del coche, mirando para el cielo rosa, tormentoso, amenazante. Y me reía. Y pensé:
— Macho, te gusta tu compañerita? Le gustás a ella? Y por qué no van a hacer lo que manda el manual? Sin rodeos. Y tu mujer… no va a saber, no necesita saberlo. Ya oí decir que, a veces, eso salva casamientos. El hombre no puede ser blando. No puede dar ventajas. Yo lo sé. Si ella te agarra en un momento de debilidad, fuiste viejo!
Una linda noche, tranquila, sin viento. Puede llover. Pero eso también abre las puertas para estas cosas. Historias donde se cruzan apasionados, escépticos, solitarios, jóvenes, viejos, mujeres y hombres. La noche es eso, el reducto que sobró para que nosotros, seres humanos, nos descubramos nuevamente personas sensibles. Porque durante el día, necesitamos la mayor parte del tiempo, colocar el uniforme de trabajo, la responsabilidad, y nos tomamos las cosas demasiado en serio. Perdemos la sensibilidad. Para cubrirnos con la capa de la sobriedad, de la seriedad, donde no hay casi espacio para las emociones.
- Yo no sé para qué se casan. Pasan dos, tres, cinco años… y después termina. Se acaba. Todo el tiempo hablan de la rutina. Será que es eso mismo? O es que se acaba el deseo? O las dos cosas? Yo no sé. Prefiero mantener esta soledad acompañada. De vez en cuando, me encuentro con alguna. Cuando se presenta, porque con mujer casada es así. Y la verdad, prefiero así. No te rompe as pelotas, no dan trabajo, no protestan, no se arroga ningún derecho. Y, además, hay noches que me permite hacer esto que estoy haciendo hoy. Mirá si no es lindo. El silencio… el cielo, las luces, respirar este aire.
— Bien, mis queridos oyentes — dijo el radialista — así se termina una noche más de este programa. Una noche más en la que pudimos liberar esa parte cautiva. Aquella que está presa. Los miedos, los sentimientos. Gracias a todos por participar y compartirlo con nosotros. Y nos encontramos de vuelta… cada noche, a la misma hora. Es nuestro encuentro, junto nuestra cómplice de siempre. Chau.
Un cuento nocturno
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