Tic, tac, tic, tac…
Nacemos, nos expulsan de un lugar confortable. Allá, donde estábamos, no había riesgos de los rayos UV, no necesitábamos protector solar, no había peligros de cáncer de piel. Tardamos nueve meses, en general, ¿y adónde vamos a parar? Después, todo empieza a correr, incluso cuando todavía no conseguimos mantenernos de pie, muchísimo menos acompañar al trote.
Tic, tac, tic, tac…
Con el pasar de los años, ayudados por la invención más ridícula y perversa que el hombre ha realizado, comenzamos a sufrir con ese barullo inconsciente. Queremos ser grandes cuando somos chicos, soñamos todo el tiempo en tener la vida de ésos que son independientes, de los que no necesitan responder a las preguntas incómodas de sus padres, que hacen de sus vidas lo que a ellos les viene en ganas. Entonces, nuestra infancia se divide en el disfrute de los juegos y la mirada que añora los tiempos que todavía no llegaron.
La adolescencia, entonces, es mucho peor… corremos buscando aquello que veíamos desde niños, con más rabia, con más ansiedad, con mayor energía y rebeldía. Y seguimos persiguiendo lo que está por venir…
Tic, tac, tic, tac…
Qué gracioso! Ahora, siendo adultos, las cosas deberían ocurrir más lentamente, ¿no? A los 40 estamos fuera del mercado de trabajo, a los 30 si no nos casamos nos miran de reojo diciendo “algo debe haber con él o con ella”; si no formamos una familia pueden recaer sobre nosotros las más diversas denuncias: homosexual, anarquista, reaccionario, pos-moderno…
Llegamos hasta acá corriendo, saltando de dos en dos los escalones.
- Necesito terminar ya la facultad; ya debería estar haciendo la maestría – es una de las frases más escuchadas hoy en día.
Mientras tanto, no damos la debida atención que requiere nuestra vida. Nos pasan por al lado personas, oportunidades, paisajes, amaneceres que no conseguimos ver, porque estamos durmiendo tras una larga noche de estudios, o demasiado ocupados con la rutina. Puestas de sol que no podemos apreciar, porque debemos volver a casa para hacer cosas, a preparar otras para el día siguiente.
Tic, tac, tic, tac…
¿Cuál es el apuro? Si después, con todo eso, ni logramos aprovechar una pequeña parte de lo que vivimos ¿Qué fue de aquellos tiempos en que los viejos eran reverenciados, oídos porque habían acumulado experiencias que los más jóvenes estaban deseosos de aprender? Hoy, discriminados, olvidados, al final de la fila… son injusticiados. No forman parte del vértigo, de la vorágine. No pueden. No siguen el ritmo.
Sé que la edad no es garantía de nada. Quiero dejar claro eso. Aprovechamiento es lo que hace a una persona ser capaz, interesante, atractiva. Con o sin arrugas. Al final, Oscar Wilde entendió muy bien las señales que vendrían y que son cada vez más y más vigentes. Jóvenes eternos, patéticos bosquejos de realizaciones que nunca se realizan. Si fracasamos, las mayoría de las veces, por lo menos parezcamos felices.
Tic, tac, tic, tac…
El segundero del despertador nos provoca insomnio. Y cada golpe del reloj, un golpe seco, nos recuerda que nos resta menos tiempo. Qué es lo que hemos hecho? ¿Qué podemos dejarles a los demás? El despertador no para, ya son las tres de la mañana e no conseguimos dormir porque a las cinco y media tenemos que despertarnos. El trabajo espera. Las cuentas, las tarjetas, las obligaciones… Corremos. ¿De qué huímos con tanta prisa? Debe ser por eso que lo que se estudia en las universidades se llama carrera. Nos abren las puertas, las gateras, el disparo para que comencemos a correr desaforadamente en busca de la meta.
Tic, tac, tic, tac…
¿No es el despertador el que hace este ruido? ¿Será que así, de esta forma, conseguiremos darnos cuenta de que es al pedo todo eso?
Tal vez seamos más libres, más alegres si no nos aferramos a cirugías, gimnasios y limpieza de piel para disimular el paso del tiempo. Si el sol es malo, la hamburguesa también lo es. Y querer hacer todo bien termina dando igual. El sonido del reloj, el tiempo. Gran invento… que nos adiestra. Y lo seguimos dóciles.
El otro día, vi en la playa a un tipo de unos 45 años o más. Jugaba al vóley, después paseaba con su novia, notoriamente más joven que él. Creo que se gustaban. También creo que ella era la autoafirmación de él, como un cartel que dice “todavía soy codiciado, estoy dentro”. Y fue ahí que reflexioné sobre mí mismo.
Ya no disfruto el sexo como antes. Prefiero mucho más, cosas menos volubles y pasajeras. ¿Cuánto dura un orgasmo? ¿Y después?
El verdadero desafío es, realmente, dividir esa trampa. El tiempo, claro!. Ver un amanecer, una puesta de sol, intercambiar impresiones sobre un paisaje en el que nos detengamos, perdiendo la noción de lo que pasa a nuestro alrededor. Perder la noción de la invención. Nos acostamos en el césped, miramos para arriba y sentimos como todo empieza a girar, las nubes formando figuras que se desplazan sobre fondo azul. Todo gira porque estamos dando vueltas arriba de una bola gigantesca que no para y que nosotros quisimos cuantificar, mensurar, medir y dominar.
Como si no bastara — después de eso — ofrecemos el triste, lamentable y engañoso artificio de que ese mismo recorrido natural sea detenido, simulado. Y parezcamos o intentemos parecer otra cosa. PerdimoTiempo
Tic, tac, tic, tac…
Nacemos, nos expulsan de un lugar confortable. Allá, donde estábamos, no había riesgos de los rayos UV, no necesitábamos protector solar, no había peligros de cáncer de piel. Tardamos nueve meses, en general, ¿y adónde vamos a parar? Después, todo empieza a correr, incluso cuando todavía no conseguimos mantenernos de pie, muchísimo menos acompañar al trote.
Tic, tac, tic, tac…
Con el pasar de los años, ayudados por la invención más ridícula y perversa que el hombre ha realizado, comenzamos a sufrir con ese barullo inconsciente. Queremos ser grandes cuando somos chicos, soñamos todo el tiempo en tener la vida de ésos que son independientes, de los que no necesitan responder a las preguntas incómodas de sus padres, que hacen de sus vidas lo que a ellos les viene en ganas. Entonces, nuestra infancia se divide en el disfrute de los juegos y la mirada que añora los tiempos que todavía no llegaron.
La adolescencia, entonces, es mucho peor… corremos buscando aquello que veíamos desde niños, con más rabia, con más ansiedad, con mayor energía y rebeldía. Y seguimos persiguiendo lo que está por venir…
Tic, tac, tic, tac…
Qué gracioso! Ahora, siendo adultos, las cosas deberían ocurrir más lentamente, ¿no? A los 40 estamos fuera del mercado de trabajo, a los 30 si no nos casamos nos miran de reojo diciendo “algo debe haber con él o con ella”; si no formamos una familia pueden recaer sobre nosotros las más diversas denuncias: homosexual, anarquista, reaccionario, pos-moderno…
Llegamos hasta acá corriendo, saltando de dos en dos los escalones.
- Necesito terminar ya la facultad; ya debería estar haciendo la maestría – es una de las frases más escuchadas hoy en día.
Mientras tanto, no damos la debida atención que requiere nuestra vida. Nos pasan por al lado personas, oportunidades, paisajes, amaneceres que no conseguimos ver, porque estamos durmiendo tras una larga noche de estudios, o demasiado ocupados con la rutina. Puestas de sol que no podemos apreciar, porque debemos volver a casa para hacer cosas, a preparar otras para el día siguiente.
Tic, tac, tic, tac…
¿Cuál es el apuro? Si después, con todo eso, ni logramos aprovechar una pequeña parte de lo que vivimos ¿Qué fue de aquellos tiempos en que los viejos eran reverenciados, oídos porque habían acumulado experiencias que los más jóvenes estaban deseosos de aprender? Hoy, discriminados, olvidados, al final de la fila… son injusticiados. No forman parte del vértigo, de la vorágine. No pueden. No siguen el ritmo.
Sé que la edad no es garantía de nada. Quiero dejar claro eso. Aprovechamiento es lo que hace a una persona ser capaz, interesante, atractiva. Con o sin arrugas. Al final, Oscar Wilde entendió muy bien las señales que vendrían y que son cada vez más y más vigentes. Jóvenes eternos, patéticos bosquejos de realizaciones que nunca se realizan. Si fracasamos, las mayoría de las veces, por lo menos parezcamos felices.
Tic, tac, tic, tac…
El segundero del despertador nos provoca insomnio. Y cada golpe del reloj, un golpe seco, nos recuerda que nos resta menos tiempo. Qué es lo que hemos hecho? ¿Qué podemos dejarles a los demás? El despertador no para, ya son las tres de la mañana e no conseguimos dormir porque a las cinco y media tenemos que despertarnos. El trabajo espera. Las cuentas, las tarjetas, las obligaciones… Corremos. ¿De qué huímos con tanta prisa? Debe ser por eso que lo que se estudia en las universidades se llama carrera. Nos abren las puertas, las gateras, el disparo para que comencemos a correr desaforadamente en busca de la meta.
Tic, tac, tic, tac…
¿No es el despertador el que hace este ruido? ¿Será que así, de esta forma, conseguiremos darnos cuenta de que es al pedo todo eso?
Tal vez seamos más libres, más alegres si no nos aferramos a cirugías, gimnasios y limpieza de piel para disimular el paso del tiempo. Si el sol es malo, la hamburguesa también lo es. Y querer hacer todo bien termina dando igual. El sonido del reloj, el tiempo. Gran invento… que nos adiestra. Y lo seguimos dóciles.
El otro día, vi en la playa a un tipo de unos 45 años o más. Jugaba al vóley, después paseaba con su novia, notoriamente más joven que él. Creo que se gustaban. También creo que ella era la autoafirmación de él, como un cartel que dice “todavía soy codiciado, estoy dentro”. Y fue ahí que reflexioné sobre mí mismo.
Ya no disfruto el sexo como antes. Prefiero mucho más, cosas menos volubles y pasajeras. ¿Cuánto dura un orgasmo? ¿Y después?
El verdadero desafío es, realmente, dividir esa trampa. El tiempo, claro!. Ver un amanecer, una puesta de sol, intercambiar impresiones sobre un paisaje en el que nos detengamos, perdiendo la noción de lo que pasa a nuestro alrededor. Perder la noción de la invención. Nos acostamos en el césped, miramos para arriba y sentimos como todo empieza a girar, las nubes formando figuras que se desplazan sobre fondo azul. Todo gira porque estamos dando vueltas arriba de una bola gigantesca que no para y que nosotros quisimos cuantificar, mensurar, medir y dominar.
Como si no bastara — después de eso — ofrecemos el triste, lamentable y engañoso artificio de que ese mismo recorrido natural sea detenido, simulado. Y parezcamos o intentemos parecer otra cosa. Perdimos la dignidad hace mucho tiempo. Tiempo… eso mismo.
Tic, tac, tic, tac…
Mis queridos amigos, necesito dejarlos… mañana mi día comienza a las seis y media. Es el reloj, el tiempo que manda, no me le escapo… nadie lo hace. A pesar de los cirujanos, de los gimnasios, de los bloqueadores factor 200….
— ¿Es molesto ese ruido, no?
— Calma.. um día para.
Tic, tac, tic, tac… tic, tac, tic, tac…
s la dignidad hace mucho tiempo. Tiempo… eso mismo.
Tic, tac, tic, tac…
Mis queridos amigos, necesito dejarlos… mañana mi día comienza a las seis y media. Es el reloj, el tiempo que manda, no me le escapo… nadie lo hace. A pesar de los cirujanos, de los gimnasios, de los bloqueadores factor 200….
— ¿Es molesto ese ruido, no?
— Calma.. um día para.
Tic, tac, tic, tac… tic, tac, tic, tac…